Cuando te pareces al enemigo, has perdido la guerra

29 de julio 2016

Can Dündar

Traducido del turco por translators for justice.

Fuente: http://www.cumhuriyet.com.tr/koseyazisi/576003/Dusmanina_benzeyen_savasi_kaybeder.html

Un paso más y nos habríamos precipitado por el barranco. Si los golpistas hubiesen logrado la victoria, habrían acabado con el Parlamento, previamente bombardeado. Se habría declarado la Ley marcial. Comandantes, rectores de universidades, alcaldes y jueces simpatizantes con los golpistas habrían sido nombrados con altos cargos, siguiendo los listados que los mismos sublevados habrían elaborado y ninguneando la ley. Se habría desencadenado una caza de brujas que habría llevado a la cárcel no solo a aquellos que se opusieron al golpe. Con el fin de silenciar las voces discrepantes en los medios de comunicación, se habría arrestado a periodistas. Toda relación con Europa se habría roto. La pena de muerte se convertiría en una realidad y la aplicación de la fuerza y la tortura estarían al orden del día. Los golpistas muertos durante la intervención militar serían recordados como héroes, y se enterraría en un “cementerio de traidores” a quienes opusieron resistencia. Incluso el Puente del Bósforo habría visto cambiado su nombre por “Puente de la paz en casa”, siguiendo un lema kemalista y sin el consentimiento público.

Afortunadamente, no fue así. El Gobierno recibió un aviso en el último momento y pidió al pueblo que saliese a protestar a la calle. El levantamiento fue reprimido con violencia. ¿Y a continuación qué ocurrió? El gobierno se apresuró a declarar el estado de emergencia y, de este modo, asumir todos los poderes ejecutivos mediante decreto, eludiendo la vía parlamentaria. Así se inició una persecución, amparada en la lucha contra los golpistas, que acabó enviando a la cárcel a militares, policías, académicos, funcionarios y jueces opositores al régimen – personas cuyos nombres aparecían en listas elaboradas por el propio Gobierno. Estos cargos fueron reemplazados por partidarios del régimen. Se cerraron periódicos y se detuvieron periodistas. La televisión mostró personas con marcas de tortura física. Aquellos que murieron en defensa del régimen fueron celebrados como mártires, mientras que los sublevados abatidos fueron a parar al “cementerio de traidores”. El presidente hizo saber que, si de él dependiera, ratificaría la pena de muerte. La UE, en respuesta, dejó claro que eso supondría el final de las conversaciones para la entrada de Turquía. Finalmente, se cambió el nombre del Puente de Bósforo por el de “Puente de los mártires del 15 de julio”, sin pedir la opinión del pueblo.

Hay que reconocer que se veía venir: por un lado, tenemos un gobierno que ha sido elegido por votación popular y, por otro, un grupo que intenta usurpar el poder a punta de pistola. La postura más decente sería defender categóricamente al Gobierno elegido democráticamente frente a los golpistas, pero ¿qué pasa cuando el partido elegido democráticamente ignora al Parlamento y toma el control del poder judicial, de los medios de comunicación, las universidades y la industria? ¿No es esto una muestra de desacato a la misma democracia que les ha llevado al poder? ¿Y si utilizan esta oportunidad para aplicar un régimen aún más despótico? Me gustaría invitar a todos los que ahora se congregan en las plazas para celebrar “el triunfo de la democracia” a que se sienten y piensen por un segundo si realmente valía la pena sacar los tanques de guerra para esto. ¿Podemos culpar a quienes no festejan “el triunfo”, porque previeron lo que iba a pasar? ¿Podemos criticar a la minoría religiosa chiita, los alevíes, por no atender a la llamada de las mezquitas para festejar “el triunfo”, después de que los partidarios del régimen asaltaran sus barrios tras el golpe de estado? ¿Debemos permitir que las señales que nos avisan de la catástrofe inminente ensordezcan ante los gritos unánimes a favor de la pena de muerte, así como ante el ritmo de las marchas militares otomanas proveniente de los coches que pasan con sus altavoces puestos a todo volumen?

Si me dieran a elegir entre, a) un gobierno militar y b) un estado policial, me decantaría por c) ninguno de ellos. Si para evitar ser asociados con los golpistas, hacemos la vista gorda al autoritarismo, permitimos que se ningunee la ley, ignoramos la persecución de opositores, así como los planes que prevén el restablecimiento de la pena de muerte, estaremos cavando la tumba de la democracia con nuestras propias manos. El remedio contra un golpe militar nunca fue un golpe del pueblo. El remedio contra un golpe militar es que exista un sistema judicial autónomo, medios de comunicación independientes y un parlamento fuerte; una democracia en la que se imponga el pluralismo ante la autocracia; donde el sentido común prevalezca sobre los resentimientos y la venganza; donde se dé pie al diálogo en lugar de condenar a la horca, y donde se nombre a los puentes colectivamente. Para acabar, quiero citar una perspicaz observación de Alija Izetbegović: «no pierdes una guerra cuando te mueres, sino cuando te pareces al enemigo».

 

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