¿Qué hay detrás de un nombre?

La compleja realidad de la migración y los Derechos Humanos en el siglo XXI

Traducido del inglés por Translators for Justice.

Fuente: https://www.opendemocracy.net/can-europe-make-it/pia-oberoi/what%E2%80%99s-in-name-complex-reality-of-migration-and-human-rights-in-twenty

PIA OBEROI, 15 de octubre de 2015

¿Por qué se considera refugiado solo al que huye de la guerra y no al huye de la pobreza extrema?

Una carretera en dirección a la costa de Libia. Wikimedia/Koperczak. Dominio público.

Raisa Abdul Azim tenía ocho y Aylan Kurdi, tres meses de edad cuando sus familias, con tan solo unos días de diferencia, emprendieron una travesía a bordo de unos barcos destartalados para intentar ofrecerles a sus hijos un futuro en Europa. Ambos compartieron una vida rasgada y una muerte trágica y dolorosa en el Mediterráneo. Sin embargo, Raisa era hija de trabajadores migrantes bangladesíes que vivían en Libia, mientras que Aylan era hijo de refugiados sirios en Turquía. Se habla de que eran dos tipos de personas esencialmente distintos.

Pero, ¿son realmente tan diferentes?

No existe una definición universal y jurídica para el término “migrante”. Esta palabra simplemente describe a un grupo diverso de personas que se desplaza y vive en un país que no es el suyo. Según las estadísticas de los 232 millones de migrantes en todo el mundo, alrededor de 19,5 millones son refugiados que huyeron de sus países debido a los conflictos y a la persecución. Sin embargo, estos crudos números no dicen nada sobre las motivaciones y las necesidades de los migrantes, especialmente de aquellos que no son refugiados, pero que aún así son marginados, excluidos, vulnerables a la violencia.

No importa si estos migrantes constituyen el veinte o el cincuenta por ciento de estas “corrientes migratorias mixtas”. Sus vidas importan.

Hace casi 70 años, a la sombra de una emergente Guerra Fría, la comunidad internacional definió refugiado como aquella persona que huye de la persecución política, pero no de la pobreza extrema. No obstante, en las décadas siguientes a 1951, los diferentes matices intrínsecos a la migración internacional se fueron volviendo más evidentes. Cada vez es más obvio que no es posible reducir la vida de los seres humanos a ciertos límites claramente definidos, al contrario de lo que nuestras rígidas categorías legales parecen pretender.

La dinámica de la migración está cambiando

La migración de millones de personas hoy en día está sujeta a un grado diferente de obligación y voluntad. Sus travesías son largas y siguen múltiples direcciones. Las circunstancias y el estatus de una persona pueden cambiar a lo largo del trayecto, a menudo de forma drástica. Muchos quedan varados durante años en campos para refugiados. Muchos otros se quedan atascados en sus países de tránsito, aceptando trabajos degradantes, atrapados en un círculo vicioso de vulnerabilidad, abuso e inseguridad constantes.

Existen muy pocas cámaras de televisión en las playas de Libia y sabemos muy poco sobre la vida y la muerte de Raisa Abdul Razim. Al parecer desde hacía algunos años sus padres vivían y trabajaban en Libia; Raisa y su hermana de 5 años nacieron allí. El hecho de que su familia decidiera quedarse en el tremendo caos que se ha adueñado actualmente de Libia y solo cuando la circunstancias se volvieron insoportables decidieran embarcarse en un arriesgado viaje a Europa en vez de regresar a Bangladés, dice mucho. Bangladés es uno de los países más pobres del mundo. Además, está ubicado en una región proclive a los desastres naturales y por lo tanto es una de las zonas más peligrosas del mundo, donde la población vive expuesta a inundaciones regulares y ciclones devastadores. Se estima que alrededor del 43% de la población vive bajo el umbral de pobreza, siendo este el noveno país con más población en el mundo.

No se nos ha ocurrido una palabra mejor para las personas a las que no podemos llamar “refugiados”, pero que aún así migran desesperadamente en busca de esperanza y oportunidades, de seguridad y dignidad.

Se asume que si los migrantes no huyen de la guerra o la persecución, entonces vienen por voluntad propia y por lo tanto pueden regresar fácilmente. Si embargo, concepto de voluntad propia es problemático: ¿Hasta qué punto se puede considerar que una persona migra voluntariamente, si en su país le resulta imposible proveer asistencia médica de emergencia a su padre, porque apenas puede subsistir con lo que gana? ¿Es voluntario el desplazamiento de alguien que no puede imaginar un futuro para sus hijos en un país con un sistema de educación corrupto? Pobreza y desigualdad, discriminación, escasez de alimentos y agua, falta de asistencia médica, de vivienda y de educación; todos estos son factores que combinados desencadenan un movimiento de personas que no es realmente voluntario. Como el escritor estadounidense Teju Cole dijo: “A veces el arma que te apunta en la cabeza es la pobreza agobiante, o una lucha eterna y desgastadora.”

Al contraponer el migrante político que “merece” ser acogido al migrante económico que “no lo merece”, se deja de lado una compleja realidad. Asimismo, una diferenciación como esta incita a algunas personas a denigrar y demonizar la imagen de los extranjeros por conveniencia propia.

Cuando se trata de Derechos Humanos, no se le quita a uno para darle a otro: al extender la protección a migrantes cuyos derechos deben ser garantizados de acuerdo a las normas establecidas en los Derechos Humanos, no se reduce la protección de los refugiados que tienen derecho según las leyes del refugiado.

Tanto algunos políticos como los medios populistas podrán llamar a los migrantes “delincuentes”, “parásitos” u otros términos despectivos, pero esto no significa que debamos dejarles definir quiénes son los migrantes, qué quieren o qué merecen. Todo migrante merece nuestra compasión y empatía como ser humano. Como todo titular de derechos, deben poder acogerse a la protección que emana de la ley de Derechos Humanos.

Finalmente, el éxito de nuestras políticas de migración dependerá de la profundidad con la que comprendamos las motivaciones y las circunstancias individuales de los migrantes y de si conseguimos ser capaces de tratarlos como iguales y no como una amenaza o una estadística.

La mayoría no busca caridad. Se estima que en aproximadamente cincuenta años tan solo Europa perderá unos cincuenta millones de personas en edad laboral. En la UE el envejecimiento y la reducción de la población provocará que la tasa de dependencia por edad avanzada se duplique del 27.5% en 2013 al 51.0% en el 2080. La necesidad de cuidados aumentará y habrá menos jóvenes que sostengan una población envejecida.

Un ejemplo de ello lo presenta la fundación alemana Bertelsmann, que informa de que dentro de quince años la mitad de los trabajadores alemanes se jubilará. Sin trabajadores migrantes de países no pertenecientes a la UE, el número actual de trabajadores en Alemania probablemente bajará de 45 millones a 29 millones de personas (es decir, el 36%) hasta el 2050.

A pesar de la necesidad estructural de trabajadores migrantes, los canales legales para entrar en Europa son insuficientes. Esto se hace patente sobre todo en los sectores donde más se les necesita, es decir, en la enfermería y en los cuidados asistenciales. De esta manera se obliga a los migrantes a ingresar de manera ilegal. Asimismo está comprobado que generalmente las contribuciones en impuestos y tasas social de los migrantes son muy superiores a los beneficios sociales que reciben. Es por esto que las políticas de migración, en vez de dejarse influenciar por estereotipos y mitos perniciosos, deben reaccionar ante esta realidad.

Y para aquellas personas que migran por desesperación – para la mujer que busca estabilidad económica y que en su largo viaje a través de un desierto inhóspito ha sufrido violencia sexual; para el adolescente que ha sido enviado al extranjero en un bote que hace aguas para que mantenga desde allí a una familia empobrecida; para Raisa Abdul Azim y su familia que buscaban un futuro con dignidad – para estos migrantes se necesita una nueva palabra o incluso un nuevo marco de protección. Pero lo que en estos momentos es realmente ineludible es que nuestras acciones sean coherentes con las palabras que recoge la Declaración Universal de Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.”

Pia Oberoi es asesora en migración y Derechos Humanos en la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Este artículo fue escrito siguiendo su opinión personal, los puntos de vista expresados aquí no reflejan necesariamente los de las Naciones Unidas.

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